Lo invitamos a escaparse los fines de semana y recorrer los puntos turísticos más conocidos, así como los lugares escondidos de nuestro país. Viaje con nosotros en ruta y cuente su experiencia por medio de nuestra fotogalería.
Para la escapada de este mes, le sugerimos recorrer con su dietrich los 370 km que nos llevan a Tandil, y celebrar la vida en familia.
Ideal para disfrutar las mejores tablas, fiambres, y vinos, e incluso recrear el pasado pampeano, es la vieja esquina de las calles San Martín y 14 de julio. Allí se levanta “Época de Quesos”, la casa más antigua de la ciudad y un lugar acogedor para saborear los quesos tandilenses a la luz de las velas.
La vida en esta vieja esquina comenzó en 1860, cuando un rancho característico de la Pampa cobijaba a viajeros y arrieros provenientes de Buenos Aires. Luego funcionó como almacén de ramos generales hasta 1970, y veinte años después Teresa y su familia (actuales dueños) lo convirtieron en lo que hoy es Época de Quesos: “No es sólo un mostrador, es también la mesa tendida y hospitalia para saborear todas nuestras exquisiteces”.
www.epocadequesos.com
Para la escapada de este mes, le sugerimos recorrer con su dietrich las 8.500 hectáreas del Parque Nacional El Palmar. Sus bosques en galería, sus ríos, la multiplicidad de su fauna y las palermas de yatay presentan el contexto ideal para disfrutar de tardes inolvidables en familia.
Una de las actividades principales dentro del Parque, es la observación de su fauna (vizcachas, lagartos, zorros, carpinchos, ñandúes, ciervos, entre otros) y en especial el avistaje de aves. El mejor momento para hacerlo es en el amanecer y al atardecer, cuando la mayoría de las aves sobrevuela el parque, y cuando se pueden sacar las mejores fotos.
Las noches del parque también son imperdibles; por eso, en La Aurora del Palmar (ubicado frente al P.N.) se puede alojar en los antiguos vagones de tren del Palmar. Para quienes prefieran mejores comodidades, sugerimos el Hotel Quirinale, de 5 estrellas, ubicado en la ciudad de Colón a 46 kilómetros del Parque.
En esta oportunidad le recomendamos subirse a su dietrich y recorrer 170 km desde la capital de San Juan para llegar a El Barreal, un pueblo de calles de tierra bordeadas de álamos, y puerta de acceso a la reserva natural Pampa del Leoncito. Allí se encuentra “el barreal” propiamente dicho. Se trata de una planicie desértica de color blanco radiante, donde hace millones de años se secó un lago y donde los vientos alcanzan velocidades de 60-80 km por hora.
Pero además de ser un paisaje increíble, con su suelo liso de 14 kilómetros de largo y cinco de ancho, el barreal es también una de las mejores pistas para la práctica de carrovelismo. Los wind cars son autos de tres ruedas neumáticas, equipados con una vela, que corren empujados por el viento y pueden superar los 135 km por hora.
Se requiere de gran habilidad para vivir la sensación de ir a toda velocidad con el viento en medio del desierto. Por eso, hay varios operadores turísticos que enseñan a maniobrar los wind cars o que se encargan de que al acompañante le quede sólo disfrutar la velocidad de estos autos vela, que avanzan haciendo largos zig zags con curvas de hasta 200 metros.
Perdida en la cordillera riojana, a 4263 metros de altura, la Laguna Brava es el refugio de centenares de flamencos rosados y un destino ideal para conocer. Se encuentra rodeada de majestuosos picos, como El Veladero, Bonete Chico y Pissis (el segundo más alto de América), que sorprenden tanto por su altura como por el espectáculo de colores, de tintes de azul, naranja verde, violeta y marrón.
En 1980 fue declarada Reserva Natural para preservar las comunidades de vicuñas y guanacos, y hoy es un lugar imperdible para descubrir con su dietrich.
La travesía puede comenzar en el pueblo de Vinchina, por las curvas de la Quebrada de La Troya hasta Alto Jagüel, el último pueblo antes de ingresar en la cordillera. La calle principal de este poblado es una huella profunda entre dos barrancos de tierra que en verano se convierte en un río. A sus costados se levantan casas de adobe con pequeñas puertas y ventanas.
Para llegar a Laguna Brava, recomendamos una vez en Jagüel visitar la oficina municipal en busca del Guardafauna de la reserva. A partir de allí, el camino sigue por quebradas y lomas, y pueden divisarse los refugios de la zona, construidos entre 1864 y 1873 para albergar a arrieros que llevaban ganado a Chile por los desiertos de Atacama y Tarapacá.
La laguna aparece ovalada en un amplio valle; rodeada de sal, con sus flamencos rosados y el marco de los altos cerros invita a encontrarse con la calma absoluta.
A través de la ruta 68, a un costado del Valle Encantado y más adelante del Parque Nacional erizado de Cardones, los poblados de Cerrillos, La Merced y El Carril abren paso al sinuoso camino de la imponente Cuesta del Obispo.
Adentrarse en este hueco de la cordillera es sobrecogerse ante la magia de caminar por los empedrados de Cachi, entre sus casas bajas y de adobe (mezcla de barro y paja); donde el silencio también se escucha. Recorrer estos caminos es remontarse también al tiempo de la colonia al pasear por Molinos, visitar su iglesia, las viejas casonas de españoles o el criadero de vicuñas donde esquilan su lana con técnicas ancestrales de los quichuas.
Es asombrarse con la Quebrada de la Flecha, entre San Carlos y Angastaco. Es caminar por los viñedos o las Dunas de Cafayate y alegrar el espíritu con el inigualable vino torrontés, mientras se comparte una velada de serenata. Es volver a ser niño y jugar con las caprichosas formas y colores de la Quebrada de las Conchas, pasear por el pueblo fantasma de Alemanía, antes o después de contemplar un atardecer navegando en el dique Cabra Corral, después de haberse detenido en el apacible pueblo de Coronel Moldes.
Imperdibles las visitas a Cachi Adentro, Ruinas de las Pailas y La Playa, y las fotos del Nevado de Cachi a la mañana y de la Quebrada de Cafayate por la tarde.
En plena sierra, rodeado de arroyos y bosques donde el cielo se une con el verde de los vallecitos y quebradas, se encuentra este sitio soñado, considerado como el tercer microclima del mundo, junto con el de las Islas Canarias y las costas Californianas.
Imperdible recorrer sus caminos y conocer el Algarrobo Abuelo, árbol de 800 años ubicado en Piedra Blanca Abajo. Por haber albergado bajo su extensa copa a los indios que lo veneraban, se convirtió en un centro energético para visitar el atardecer cuando los rayos del sol acarician sus gruesas ramas.
La Villa ofrece, además, la posibilidad de dejarse encantar por su gran variedad de actividades y atractivos. Adentrarse en sus senderos es descubrir la magia de sus especies a través de un avistaje de aves al amanecer. Es atreverse a desafiar los límites del tiempo y del espacio practicando tursimo aventura en La Cuesta del Talar, el Bosque del Tabaquillo, el Cerro Champaquí y la Cascasa Escondida en Pasos Malos. O disfrutar de reposados circuitos en auto conociendo las mejores vistas de la Villa.
Cuando el sol cae y el silencio vuelve a tenderse sobre la sierra, las comidas caseras típicas y el buen vino se convierten en una alternativa ideal para compartir entre anécdotas de la jornada. Es entonces cuando las rutas gastronómicas, culturales y artesanales se vuelven protagonistas de la noche merlina.
La temperatura de este paraíso de color invita a bajar al salto, bañarse y tomar sol. El agua es absolutamente transparente. Hay infinidad de senderos de selva para recorrer, donde se descubren más cascadas escondidas y vistas cambiantes de valles verdes: cada paso es un mundo de vegetación exhuberante y pájaros coloridos. Los caballos están disponibles para cabalgatas por la selva y a la aldea guaraní JeJí, y se pueden pescar dorados y surubíes en el río Uruguay.En medio de esa impenetrable selva, entre saltos majestuosos y senderos infinitos, una posada que se inserta en el paisaje sin interrumpirlo. Por el contrario, La Bonita homenajea el encanto de estas tierras haciendo de su estadía un momento inolvidable, en el que el tiempo y el espacio parecerán suspenderse en un transcurrir de sonidos y colores. Por la mañana, la posada amanece en una sinfonía de pájaros y agua que murmura a escasos metros de allí. Después de desayunar en las terrazas del restaurante, o en el propio balcón de la habitación, hacia lo más alto de los árboles, será el momento de salir de las cabañas y dejarse inundar por el aire fresco del monte.
La Bonita se encuentra 270 kms de Posadas y a 300 kms de Iguazú. Desde Soberbio, el pueblo más cercano, puede llegar en su auto tomando la Ruta 2, que va a Saltos del Moconá, y hacer 16 km hasta tomar el camino de tierra entoscada que lleva a la Posada.
A esta altura del año, el descanso parece inalcanzable. Hacerse una escapada, ausentarse unos días, manejar interminablemente, tomar distancia para cambiar de perspectiva, son las opciones que tenemos para ir viviendo el descanso durante todo el año.
La Estancia Dos Talas abre sus puertas para regalar a los visitantes una atmósfera de cuento. Construida en 1893, la casona de influencias francesas e italianas supo envejecer con dignidad. Cada ambiente tiene un encanto especial, con vistas a los diferentes rincones del parque a través de sus amplias aberturas.
Cuenta la leyenda que a finales del siglo XIX, el dueño original del campo le pidió a Pedro Luro que le plantara algunos árboles antes de partir para Europa. Como el arreglo fue pagar por unidad, Luro plantó tantos que a su empleador no le quedó más remedio que escriturarle parte del terreno para saldar la deuda. Así nació esta estancia y su impresionante arboleda. La casa, de inspiración toscana y que incluso cuenta con su propia capilla, está rodeada de 40 hectáreas de parque diseñado por el famoso y ubicuo Charles Thays y donde, entre sus muchos e ilustres huéspedes, supo pasear su inspiración el mismísimo Federico García Lorca.
En la biblioteca se respira la misma atmósfera de las tertulias culturales de principios del siglo XX, y sus libros, manuscritos y fotos son testigos de aquella gloriosa época. Más de 3000 ejemplares tapizan sus paredes en castellano, francés, italiano e inglés. Y durante las comidas, la mesa se viste con la vajilla original que la familia supo conservar.
Es casi inevitable pensar en la Ruta 3 al imaginar un viaje hacia las regiones australes. Primero, bordeando las sierras del sudoeste bonaerense y luego, más allá de Bahía Blanca y Carmen de Patagones, como puerta de ingreso a la inmensa Patagonia. A partir de entonces, esa alargada alfombra negra serpentea a lo largo de dos mil kilómetros, siempre cercana a las interminables costas del Mar Argentino hasta llegar a los confines meridionales del mundo.
Con todo, a pesar de contar con una imagen tan fuerte y definida, pocos serían capaces de atribuirle a esa misma ruta un espíritu de vino. Pero los tiempos cambian de modo vertiginoso, al igual que el mapa vitivinícola de la patria. Hoy, bien lejos de la influencia andina, el desierto y el clima continental seco, nuevas zonas productoras aparecen en áreas absolutamente impensadas hasta hace pocos años atrás. Y las bodegas a lo largo de la Ruta 3 son parte de este proceso.
Con el deseo de trascender en tiempo y en espacio a través de un proyecto vitivinícola, los pioneros de la zona de Sierra de la Ventana, Médanos, Saldungaray y Viedma, supieron hacer de las características diferenciales del suelo y el clima una definición varietal perfecta.
Una majestuosa y cercana presencia de las Sierras Grandes. A 1400 metros sobre el nivel del mar y abrazada por dos ríos de aguas cristalinas, se impone el único pueblo peatonal del país. La Cumbrecita es una pequeña y pintoresca villa, de un característico estilo alpino y fuertes rasgos centroeuropeos en sus paisajes. Inicialmente poblada por inmigrantes de Europa Central, gracias al esfuerzo de los pioneros la villa se ha ido convirtiendo en una joya ecoturística, completamente peatonal y reminiscente a los pequeños poblados germanos del siglo XV.
El pueblo dispone de una excelente infraestructura turística para ofrecer a sus visitantes, y existe una variada gama de actividades y paseos que permiten conocer la villa de manera íntima, y acorde con las preferencias del turista. En sus casas de té se puede degustar la deliciosa pastelería típica europea, y su geografía lo convierte en un lugar ideal para realizar trekking, cabalgatas, caminatas y safaris fotográficos.
La localidad es accesible exclusivamente a través de un camino de ripio de 45 km, mantenido en buenas condiciones.
Cerca de la ciudad, un pueblo centenario que supo escapar al vertiginoso ritmo de los años, conserva intactas sus casas antiguas, sus diagonales, su pintoresca iglesia, y las combina con una variada oferta gastronómica, convirtiéndose en un refugio de quienes sueñan con detener el tiempo.
Uribelarrea es un pequeño y pintoresco pueblo de 900 habitantes que tiene historia. Un cuento que empieza en 1889, cuando el rico hacendado que bautizó el lugar con su nombre donó una fracción de sus tierras para fundar una colonia agrícola. De ahí a los tambos y a las queserías, y a sus años de esplendor en los ’40, el tiempo desplegó sus trucos y fue haciendo del lugar un paraíso de ensueño.
Hoy sus principales atractivos son su plaza, la iglesia y un caserío que perduran intactos desde entonces. La plaza principal de Uribelarrea fue diseñada en 1889 por el arquitecto Pedro Benoit, y aún conserva el estilo francés y su forma octogonal. A su alrededor se levanta el primitivo núcleo urbano, y entre sus edificios se destaca El Palenque, un almacén del 1800 que ahora funciona como casa de comidas. A pocos metros, otra construcción centenaria donde alguna vez funcionó el telégrafo y un destacamento policial.
Para quienes eligen el confort, La Posta, una casona del 1900 que funciona como posada, los espera para brindarles todas las comodidades que requiere el turismo de lujo. Y a la hora de disfrutar de una buena comida, el pueblo cuenta con un complejo gastronómico a prueba de exigentes, que combina la excelencia culinaria con la recreación de tiempos idos donde la tranquilidad de la siesta sólo era alterada por los tamberos que llevaban leche a la estación.
Por su fisonomía, sus callecitas de tierra, sus edificios monumentales detenidos intactos en el tiempo, la quietud con aroma de siesta, Uribelarrea se fue convirtiendo en una alternativa elegida por cineastas. Entre otros films, se rodaron “El milagro de Ceferino Namuncurá” (Máximo Berrondo, 1971); Juan Moreira (Leonardo Favio, 1973); La Película (José María Paolantonio, 1975); Los crápulas (Jorge Pantano, 1981); Boda secreta (Alejandro Agresti, 1988); Evita (Alan Parker, 1996); “El hombre que capturó a Eichmann” (1997); las novelas “Amor sagrado” y “Ricos y famosos”, así como numerosos cortometrajes y publicidades.
El pueblo es, como sus propios habitantes gustan decir, un verdadero santuario gaucho. Nacido como poblado en 1730, es uno de los lugares más antiguos, bellos y característicos de la Pampa argentina.
Sólo 90 minutos viaje, y el visitante se encuentra con un paraíso de otro mundo: sus paisanos, su centenar de artesanos, su historia, usos y costumbres, sus Monumentos Históricos Nacionales y museos, sus músicos y bailarines, hacen que este rincón bonaerense parezca haberse detenido en el tiempo.
La serenidad de sus calles, la tranquilidad que se respira paso a paso, la diversidad de la oferta comercial y gastronómica que Areco presenta, lo convierten en una alternativa única para quienes gustan de un descanso diferente.
Imperdibles las pulperías y boliches que se han mantenido intactos a lo largo del tiempo, ideales para apurar una ginebra o comer una picada con la sensación de ser parte de un cuadro de Molina Campos. Los clásicos del rubro son el almacén Los Principios (esquina Moreno y Mitre), el puesto La Lechuza (Segundo Sombra y Bolívar), La vuelta de gato (Camino Ricardo Güiraldes, justo frente al museo), el bar El Resorte (España 269) o el San Martín (Moreno y Alvear).
Para los que no tienen vacaciones; para los que tienen, pero todavía no se pusieron a pensar cómo y dónde porque no quieren sacar cuentas de lo que falta; para ellos, un picnic de verano en la costa del río, en el campo o en un parque cercano a casa es una alternativa fácil, rápida y creativa para pasar los fines de semana de sol.
Una opción interesante es acercarse a la ciudad de Mercedes, no demasiado lejos de Capital. Además de disfrutar de su parque principal, atravesado por el río Luján, es un lugar ideal para aprovisionarse de exquisitos quesos y fiambres en alguna de sus tiendas.
Más cerca todavía, la costa del río en San Isidro, o las barrancas de Alvear o Pacheco, ideales para domingos de excursiones imprevistas y poco tiempo para planificar.
Atrévase a recorrer las maravillas de la costa atlántica a bordo de un vehículo de alta gama de luxury | dietrich. A principios del otoño, las cabalgatas se convierten en una manera atractiva y diferente de recorrer Mar de las Pampas y sus alrededores, tierras donde la magia del mar y la frescura de los bosques confirman una armonía fascinante. Puede llegar en su dietrich a este pueblo encantador ubicado en el km 421 de la Ruta 11, y luego desandar a caballo las curvas naturales del terreno.




















































